Ella quiso encontrarme, lo supe desde que leí aquel mensaje en mi teléfono “Te espero a las 4, en el café de hace 10 años, no vayas a faltar, es importante.” Entonces trate de guardar su recuerdo en ese lugar de donde creí jamás sacarlo, para negarme a verla pero fue imposible, me tire en el sofá y volví a leer el mensaje una y tantas veces para ratificar que no era mentira, que estaba de nuevo aquí y de alguna forma le era vital verme.
Comencé el ritual de belleza, me sentí de nuevo como un chiquillo, arreglándome, afeitándome, luciendo ropa que no me ponía hacia tiempo, lustrando mis zapatos y usando esa corbata que tanto le gustaba.
De camino compre unas flores, no podía olvidar sus favoritas, jazmines.
Al entrar al café, mi vista se iba a todos lados buscándola, no la veía y comencé a desesperarme, otra mirada al fondo del local y allí estaba con un vestido rojo y liso, y frente a ella estaba sentado su hijo.
Me acerque, creo que no me hubiera notado si no fuera por la advertencia del niño. Se levanto y me abrazo como se abraza a un amigo al que no se le ha visto demasiado tiempo, volteo la cabeza hacia arriba, hacia mis ojos, seguía siendo linda y ese color de labios rojo le quedaba bien, tuve ganas de desamarrarle el cabello, pero no me atreví, me sonrió y movió algo que creía muerto desde que se fue.
“Te presento a mi hijo” me dijo, no quise preguntar el nombre sabía que se llamaba igual que el padre, además que era su vivo recuerdo, tenía hasta la misma mala forma de mirarme.
Yo solamente quería tenerla abrazada a ella y mirarle el rostro, ella me sonreía.
“Ahora sé que escogí mal” hablo dándole un sorbo al café, yo le acaricié el cuello donde tenía una enorme cicatriz. “Son las huellas del amor” me explico “Y de la inseguridad”.
Entonces me abrazo y soltó el llanto. “No te preocupes, ya no dejaré que te vayas nunca” le prometí.
Silvia Yulmaneli Moreno León.
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