-¡No se te ocurra tocarme con esas manos heladas! -le dijo en cuanto él se metió en la cama-. Mejor te preparo un tecito, así entrás en calor y después… ya sabés -agregó guiñándole un ojo.
Fue a la cocina y le preparó un té, como todas las noches; le puso un somnífero, como todas las noches; y él se durmió profundamente, como todas las noches. “Inexplicablemente”, decía él por las mañanas.
Y ella seguía tranquila, como todas las noches, sin que él la molestara, pensando que en el verano iba a tener que cambiar el té por un vaso de jugo o de gaseosa.
Cabrera, Rubén Faustino
No hay comentarios:
Publicar un comentario